La consulta liberal del pasado 27 de septiembre llegó a 1.400.000 votos y conviene ahora recordar que en las elecciones parlamentarias de 2006 votaron 1.436.677 personas por listas liberales y en las últimas presidenciales el candidato liberal obtuvo 1.404.235 sufragios, es decir que la votación del partido se mantiene constante. Esta consulta se hizo coincidir con la elección de directorios departamentales y municipales ante lo cual, la presencia de votantes estuvo fundamentalmente motivada y alentada por los políticos que pugnaban por tener presencia en esos directorios, que van a configurar las listas de aspirantes al Congreso.
Entonces, no es aceptable la consideración de que fue excesivamente baja la participación y mal puede dársele la interpretación de que era una especie de plebiscito en torno a la favorabilidad del presidente.
Al doctor Pardo lo eligió candidato liberal la base electoral del partido y su futuro depende de su capacidad de convocatoria a los liberales independientes, a los que no se sienten interpretados por los políticos tradicionales, a los que militan en otros partidos y el voto de opinión.
En sus primeras declaraciones se ha mostrado abierto y receptivo a la posibilidad de entendimientos con otros partidos, se ha presentado ecuánime, sin vacuos triunfalismos y enteramente realista. Si bien esta posición es razonable, no conviene desgastarse prematuramente en los aspectos mecánicos de estas posibles alianzas por cuanto nadie tomará decisiones hasta que se produzca la definición del referendo por la Corte Constitucional, se valide por votación popular y se tenga así, completo el panorama político de las próximas elecciones presidenciales.
Mientras tanto, debería ahondar en el proceso de consolidación interna del partido; lograr que todos acojan, como es natural, el mandato expresado en la consulta; y sobre todo iniciar una adecuada y desapasionada pedagogía acerca de la inconveniencia de la nueva reelección de cara a nuestra salud democrática.
Si bien hay que darle continuidad a los buenos logros gubernamentales en seguridad, son muchas las cosas que es preciso corregir. No podemos seguir por el camino que parece abrirse paso según el cual, por elegir una autoridad como la que irradia Uribe, que le gusta tanto a tantos colombianos, terminemos eligiendo la anarquía de una corrupción invasiva.
Entonces, no es aceptable la consideración de que fue excesivamente baja la participación y mal puede dársele la interpretación de que era una especie de plebiscito en torno a la favorabilidad del presidente.
Al doctor Pardo lo eligió candidato liberal la base electoral del partido y su futuro depende de su capacidad de convocatoria a los liberales independientes, a los que no se sienten interpretados por los políticos tradicionales, a los que militan en otros partidos y el voto de opinión.
En sus primeras declaraciones se ha mostrado abierto y receptivo a la posibilidad de entendimientos con otros partidos, se ha presentado ecuánime, sin vacuos triunfalismos y enteramente realista. Si bien esta posición es razonable, no conviene desgastarse prematuramente en los aspectos mecánicos de estas posibles alianzas por cuanto nadie tomará decisiones hasta que se produzca la definición del referendo por la Corte Constitucional, se valide por votación popular y se tenga así, completo el panorama político de las próximas elecciones presidenciales.
Mientras tanto, debería ahondar en el proceso de consolidación interna del partido; lograr que todos acojan, como es natural, el mandato expresado en la consulta; y sobre todo iniciar una adecuada y desapasionada pedagogía acerca de la inconveniencia de la nueva reelección de cara a nuestra salud democrática.
Si bien hay que darle continuidad a los buenos logros gubernamentales en seguridad, son muchas las cosas que es preciso corregir. No podemos seguir por el camino que parece abrirse paso según el cual, por elegir una autoridad como la que irradia Uribe, que le gusta tanto a tantos colombianos, terminemos eligiendo la anarquía de una corrupción invasiva.
Dentro de las propuestas que surgieron en Colombia para propalar las ideas liberales en un momento de hegemonía partidista, nació Vanguardia Liberal. De este modo se integró Santander al esfuerzo que lideraron incipientes sectores progresistas de la sociedad colombiana, para abrir las mentes a un pensamiento libre y secular, afirmado en los presupuestos de la razón. Algunas importantes instituciones de Educación Superior asumieron la fundamentación de este ideario, que encontró en el periodismo el espacio propicio para su expresión.
Aunque ha tenido que sortear grandes dificultades, Vanguardia Liberal ha permanecido fiel a estos postulados doctrinarios, gracias a la orientación siempre vigente de su fundador Alejandro Galvis Galvis, y con Alejandro Galvis Ramírez, encontró la forma para consolidarse y proyectarse, hasta convertirse hoy en el más importante conglomerado periodístico del país, sustentado en la invaluable gestión de tantos forjadores de su grandeza en todas sus épocas, tales como el aporte cultural de Clarita Blanco de Galvis, el administrativo de Zoraida Uribe, el empresarial de Francisco Serrano, y muchos más, con los cuales ha llegado a ser el medio emblemático del Departamento y referencia de opinión en la Nación. Esta Casa asegura ahora su permanencia en el tiempo, bajo el fresco liderazgo de la nueva generación representada por Alejandro Galvis Blanco y Sebastián Hiller Galvis.
Como espacio de expresión universal y acogedor de la pluralidad, Vanguardia Liberal ha contribuido a la preservación del espíritu libertario de la comunidad santandereana. En sus páginas ha quedado la huella intelectual de tantos y tan ilustres coterráneos que en este periódico se han expresado sin limitaciones y han impulsado ideas de modernización y de pensamiento crítico. Ha sido permanente también, su vocación de apoyo a las iniciativas ciudadanas que se han traducido en hitos de bienestar y desarrollo para esta región.
El esfuerzo por mantener los canales de comunicación abiertos al libre pensamiento no tiene caducidad, tal como se pudo apreciar en las intervenciones oratorias del acto central de la conmemoración de su Nonagésimo Aniversario. Talante que reitera el valor que representa para este diario la preservación de la vida democrática colombiana. Éste es el sentido social de una Institución que constituye hoy un gran motivo de orgullo para los santandereanos.
Aunque ha tenido que sortear grandes dificultades, Vanguardia Liberal ha permanecido fiel a estos postulados doctrinarios, gracias a la orientación siempre vigente de su fundador Alejandro Galvis Galvis, y con Alejandro Galvis Ramírez, encontró la forma para consolidarse y proyectarse, hasta convertirse hoy en el más importante conglomerado periodístico del país, sustentado en la invaluable gestión de tantos forjadores de su grandeza en todas sus épocas, tales como el aporte cultural de Clarita Blanco de Galvis, el administrativo de Zoraida Uribe, el empresarial de Francisco Serrano, y muchos más, con los cuales ha llegado a ser el medio emblemático del Departamento y referencia de opinión en la Nación. Esta Casa asegura ahora su permanencia en el tiempo, bajo el fresco liderazgo de la nueva generación representada por Alejandro Galvis Blanco y Sebastián Hiller Galvis.
Como espacio de expresión universal y acogedor de la pluralidad, Vanguardia Liberal ha contribuido a la preservación del espíritu libertario de la comunidad santandereana. En sus páginas ha quedado la huella intelectual de tantos y tan ilustres coterráneos que en este periódico se han expresado sin limitaciones y han impulsado ideas de modernización y de pensamiento crítico. Ha sido permanente también, su vocación de apoyo a las iniciativas ciudadanas que se han traducido en hitos de bienestar y desarrollo para esta región.
El esfuerzo por mantener los canales de comunicación abiertos al libre pensamiento no tiene caducidad, tal como se pudo apreciar en las intervenciones oratorias del acto central de la conmemoración de su Nonagésimo Aniversario. Talante que reitera el valor que representa para este diario la preservación de la vida democrática colombiana. Éste es el sentido social de una Institución que constituye hoy un gran motivo de orgullo para los santandereanos.
Con el propósito de suplir el vacío de cifras confiables que tenía el país desde junio de 2006, en lo referente a mercado laboral, pobreza y desigualdad, por cuenta del cambio de la metodología introducida por el DANE en las encuestas de hogares, se creó la Misión para el Empalme de las series de Empleo, Pobreza y Desigualdad MESEP, que acaba de entregar su primer informe.
Si bien los resultados obtenidos muestran una reducción en los índices de pobreza e indigencia en el periodo entre 2002 y 2008, es preocupante que la cifra absoluta, por efectos del crecimiento poblacional, continúa en ascenso con 20 millones de colombianos pobres y 7 millones indigentes, y que dentro del intervalo considerado se observe un claro deterioro entre los años 2005 y 2008. Como explicación, la Misión anota que dicho deterioro obedece a que la inflación en los alimentos fue superior a la inflación total.
Coincide este informe con la revelación de crecientes cifras de inseguridad en las principales ciudades, en donde se aprecia que va en aumento la actividad de las bandas de atraco callejero, el sicariato, el comercio de drogas, los paseos millonarios, la violencia infantil en los colegios, los desmanes de las barras bravas, y que todas las modalidades del crimen asedian en los centros urbanos. El Comandante de la Policía aduce que el crecimiento de la inseguridad se debe a la presencia del narcotráfico.
Aunque una y otra explicación pueden ser razonables, es imperativo que se de un viraje a la política gubernamental, claramente enfocada a acoger la práctica económica según la cual, la fuerza del mercado define las posibilidades de desarrollo de la sociedad, pues si bien es aceptable que el mercado defina a qué automóvil puede acceder una persona, no es aceptable que esa misma consideración se haga cuando se trate de la posibilidad de contar con salud, educación o una vivienda digna, ó de su real y efectivo ejercicio ciudadano, pues la democracia exige unas condiciones mínimas para la solución pacífica de conflictos y para albergar una paz duradera. Esta acción reguladora debe recaer en el Estado, con lo que el filósofo Norberto Bobbio llamaba el “mínimo civilizatorio” que tiene que existir en toda sociedad.
Si bien los resultados obtenidos muestran una reducción en los índices de pobreza e indigencia en el periodo entre 2002 y 2008, es preocupante que la cifra absoluta, por efectos del crecimiento poblacional, continúa en ascenso con 20 millones de colombianos pobres y 7 millones indigentes, y que dentro del intervalo considerado se observe un claro deterioro entre los años 2005 y 2008. Como explicación, la Misión anota que dicho deterioro obedece a que la inflación en los alimentos fue superior a la inflación total.
Coincide este informe con la revelación de crecientes cifras de inseguridad en las principales ciudades, en donde se aprecia que va en aumento la actividad de las bandas de atraco callejero, el sicariato, el comercio de drogas, los paseos millonarios, la violencia infantil en los colegios, los desmanes de las barras bravas, y que todas las modalidades del crimen asedian en los centros urbanos. El Comandante de la Policía aduce que el crecimiento de la inseguridad se debe a la presencia del narcotráfico.
Aunque una y otra explicación pueden ser razonables, es imperativo que se de un viraje a la política gubernamental, claramente enfocada a acoger la práctica económica según la cual, la fuerza del mercado define las posibilidades de desarrollo de la sociedad, pues si bien es aceptable que el mercado defina a qué automóvil puede acceder una persona, no es aceptable que esa misma consideración se haga cuando se trate de la posibilidad de contar con salud, educación o una vivienda digna, ó de su real y efectivo ejercicio ciudadano, pues la democracia exige unas condiciones mínimas para la solución pacífica de conflictos y para albergar una paz duradera. Esta acción reguladora debe recaer en el Estado, con lo que el filósofo Norberto Bobbio llamaba el “mínimo civilizatorio” que tiene que existir en toda sociedad.
Como era de esperarse, este encuentro de Presidentes de la Unión de naciones suramericanas UNASUR, sirvió para evidenciar las diferencias que animan la vida política de sus países y la palpable marginalidad de la OEA, como escenario natural para dirimir los problemas de América. UNASUR se inscribe como una alternativa apenas incipiente en el propósito de la conformación de un deseable bloque regional, capaz de competir en este mundo globalizado.
La transmisión en directo del evento distrajo la atención de los oradores, quienes hablaban para sus públicos y no con el objetivo cierto de enfrentar los problemas en su verdadera dimensión. La reunión dejó escapar una oportunidad para plantear soluciones alternativas, unificar criterios y liderar una salida proactiva frente al problema del narcotráfico, y sobre el cual han fracasado una y otra vez los convencionales métodos de control represivo, tanto en el campo de la producción como en el comercio y consumo, con registros cada vez más crecientes. Ojalá el anunciado Consejo Suramericano de Lucha contra el narcotráfico, trabaje en esa dirección para presentar una sólida posición de Suramérica frente a los mayores países consumidores.
Tal vez por la carencia de instrumentos efectivos para actuar en UNASUR, las cosas no pasaron más allá de una declaración de buena voluntad, y de la retórica de trabajar en escenarios complementarios como la reunión de Cancilleres y Ministros de Defensa, pero nada indica que este grupo esté en condiciones para asumir con propiedad un liderazgo efectivo en torno al delicado tema de la seguridad regional que ahora se inquieta con la mayor presencia en Colombia de la primera potencia militar, sustentada en su evolucionada tecnología y cuyos intereses geopolíticos no se van a detener en la pequeña tarea de mirar hacia la solución de unos conflictos internos, y con las escaramuzas armamentistas de algunos vecinos.
Por lo menos esta cumbre sirvió para que los países de UNASUR se miren hacia adentro, hacia la precariedad de los mecanismos de la unión con que sueñan desde los discursos mismos de sus fundadores, pero donde sigue primando el espíritu de las disensiones y la incapacidad para vislumbrar, más allá de intereses particularistas, la importancia de la unidad de América.
La transmisión en directo del evento distrajo la atención de los oradores, quienes hablaban para sus públicos y no con el objetivo cierto de enfrentar los problemas en su verdadera dimensión. La reunión dejó escapar una oportunidad para plantear soluciones alternativas, unificar criterios y liderar una salida proactiva frente al problema del narcotráfico, y sobre el cual han fracasado una y otra vez los convencionales métodos de control represivo, tanto en el campo de la producción como en el comercio y consumo, con registros cada vez más crecientes. Ojalá el anunciado Consejo Suramericano de Lucha contra el narcotráfico, trabaje en esa dirección para presentar una sólida posición de Suramérica frente a los mayores países consumidores.
Tal vez por la carencia de instrumentos efectivos para actuar en UNASUR, las cosas no pasaron más allá de una declaración de buena voluntad, y de la retórica de trabajar en escenarios complementarios como la reunión de Cancilleres y Ministros de Defensa, pero nada indica que este grupo esté en condiciones para asumir con propiedad un liderazgo efectivo en torno al delicado tema de la seguridad regional que ahora se inquieta con la mayor presencia en Colombia de la primera potencia militar, sustentada en su evolucionada tecnología y cuyos intereses geopolíticos no se van a detener en la pequeña tarea de mirar hacia la solución de unos conflictos internos, y con las escaramuzas armamentistas de algunos vecinos.
Por lo menos esta cumbre sirvió para que los países de UNASUR se miren hacia adentro, hacia la precariedad de los mecanismos de la unión con que sueñan desde los discursos mismos de sus fundadores, pero donde sigue primando el espíritu de las disensiones y la incapacidad para vislumbrar, más allá de intereses particularistas, la importancia de la unidad de América.
Así califica el científico polaco Ignacy Sachs, de la Escuela de Estudios Sociales de París, al siglo XX, por haberse sucedido en ese periodo intensos procesos migratorios de la humanidad, y registrar a su terminación la presencia de casi un 80% de la población mundial en conglomerados citadinos, aunque, como bien lo anota, no es dable aceptar por esa sola condición que dichas personas se hayan convertido en ciudadanos urbanos.
El concepto de urbanización ha de redefinirse, pues debe significar ofrecer a los que ocupan el espacio urbano no sólo condiciones de vivienda decente, empleo e igualdad de oportunidades para sus hijos, sino, sobre todo, el ejercicio pleno de su ciudadanía.
Este fenómeno adquiere especial penalidad en nuestro país, donde, además de ser fiel reflejo de este comportamiento migratorio, se encuentra potenciado por las especiales características de marginalidad que presentan los nuevos habitantes de las ciudades, dentro de los cuales se contabilizan 4 millones de desplazados por la violencia que hoy se debaten en la miseria absoluta, y cuya condición mereció recientemente especial registro informativo con motivo del desalojo del parque Tercer Milenio en Bogotá.
El más importante problema que caracteriza la crisis urbana actual, es el desempleo. Según la Organización Internacional del Trabajo, hay 700 millones de subempleados y 120 millones de desempleados a nivel mundial. En términos generales, un 30% de la fuerza de trabajo del mundo sufre esta crisis y para superarla se deberían generar 1000 millones de nuevos puestos de trabajo en los próximos 10 años, de acuerdo con estimativos de la ONU.
Estremecedores datos que llevan a Sachs a advertir que el desempleo no se solucionará expandiendo la economía informal; esa actividad no resuelve un problema de esa magnitud, y es más bien una perversa y cómoda abstracción. En los países en vías de desarrollo, el sector informal funciona como un biombo para ocultar lo que en otras latitudes sería un desempleo masivo.
La creciente marginalidad de la pobreza reta al mundo a actuar con prontitud en la imaginación, diseño y constitución de una nueva actitud frente a problemas que de no enfrentarlos con decisiones de profundo calado, no habrá espacio para la esperanza de esta sociedad.
El concepto de urbanización ha de redefinirse, pues debe significar ofrecer a los que ocupan el espacio urbano no sólo condiciones de vivienda decente, empleo e igualdad de oportunidades para sus hijos, sino, sobre todo, el ejercicio pleno de su ciudadanía.
Este fenómeno adquiere especial penalidad en nuestro país, donde, además de ser fiel reflejo de este comportamiento migratorio, se encuentra potenciado por las especiales características de marginalidad que presentan los nuevos habitantes de las ciudades, dentro de los cuales se contabilizan 4 millones de desplazados por la violencia que hoy se debaten en la miseria absoluta, y cuya condición mereció recientemente especial registro informativo con motivo del desalojo del parque Tercer Milenio en Bogotá.
El más importante problema que caracteriza la crisis urbana actual, es el desempleo. Según la Organización Internacional del Trabajo, hay 700 millones de subempleados y 120 millones de desempleados a nivel mundial. En términos generales, un 30% de la fuerza de trabajo del mundo sufre esta crisis y para superarla se deberían generar 1000 millones de nuevos puestos de trabajo en los próximos 10 años, de acuerdo con estimativos de la ONU.
Estremecedores datos que llevan a Sachs a advertir que el desempleo no se solucionará expandiendo la economía informal; esa actividad no resuelve un problema de esa magnitud, y es más bien una perversa y cómoda abstracción. En los países en vías de desarrollo, el sector informal funciona como un biombo para ocultar lo que en otras latitudes sería un desempleo masivo.
La creciente marginalidad de la pobreza reta al mundo a actuar con prontitud en la imaginación, diseño y constitución de una nueva actitud frente a problemas que de no enfrentarlos con decisiones de profundo calado, no habrá espacio para la esperanza de esta sociedad.
En el acto de recepción del premio Rómulo Gallegos de Literatura, por su novela El país de la canela, el escritor William Ospina pronunció su discurso titulado El elogio de las causas, en el que da cuenta de su ya largo trabajo de indagación sobre la condición de América y su proyección continental.
Muchos años de estudios anteceden este reconocimiento, desde cuando se formuló la pregunta “quién soy como colombiano” en su primer libro de poemas El país del Viento, escrito con el propósito de despertar conciencia de un pasado más hondo y complejo; inquietud que enriqueció con la lectura de las “Elegías de varones ilustres de Indias” de Don Juan de Castellanos, referencia capital para su trabajo ensayístico Auroras de Sangre y de la trilogía de novelas Ursúa, El país de la canela y La serpiente sin ojos, de próxima aparición.
Los hechos de la conquista española han sido su soporte para descifrar lo que significó la intromisión de la cultura europea en el nuevo mundo, a partir del idioma que en su desarrollo se transformó en el Español de América; lengua mestiza como sus habitantes, de cuya condición se precia al decir “basta visitar una comunidad nativa para entender que no soy indígena pero me basta visitar a Europa para saber que no soy europeo”.
Vienen bien sus juiciosas reflexiones, a propósito de la celebración del Bicentenario, cuando anota que sería triste que a estas alturas le siguiéramos pasando cuentas de cobro a España y a Europa por los hechos de la Conquista, pues supondría un desconocimiento imperdonable de la grandeza y las hazañas de los constructores de nuestras patrias. “Lo que ahora tenemos que responder es qué hemos hecho y qué hemos dejado de hacer con nuestra América, en estos dos siglos de vida independiente. Ya podemos mirar la historia universal y la historia de España, y la historia de América y decirnos, con amor, como el poeta: Se precisaron todas esas cosas para que nuestras manos se encontraran”.
Gran anhelo éste de unidad continental, que le propone Ospina a América, y que se ha dilapidado tantas veces por ambiciones e intransigencias políticas que no lo han dejado prosperar.
Muchos años de estudios anteceden este reconocimiento, desde cuando se formuló la pregunta “quién soy como colombiano” en su primer libro de poemas El país del Viento, escrito con el propósito de despertar conciencia de un pasado más hondo y complejo; inquietud que enriqueció con la lectura de las “Elegías de varones ilustres de Indias” de Don Juan de Castellanos, referencia capital para su trabajo ensayístico Auroras de Sangre y de la trilogía de novelas Ursúa, El país de la canela y La serpiente sin ojos, de próxima aparición.
Los hechos de la conquista española han sido su soporte para descifrar lo que significó la intromisión de la cultura europea en el nuevo mundo, a partir del idioma que en su desarrollo se transformó en el Español de América; lengua mestiza como sus habitantes, de cuya condición se precia al decir “basta visitar una comunidad nativa para entender que no soy indígena pero me basta visitar a Europa para saber que no soy europeo”.
Vienen bien sus juiciosas reflexiones, a propósito de la celebración del Bicentenario, cuando anota que sería triste que a estas alturas le siguiéramos pasando cuentas de cobro a España y a Europa por los hechos de la Conquista, pues supondría un desconocimiento imperdonable de la grandeza y las hazañas de los constructores de nuestras patrias. “Lo que ahora tenemos que responder es qué hemos hecho y qué hemos dejado de hacer con nuestra América, en estos dos siglos de vida independiente. Ya podemos mirar la historia universal y la historia de España, y la historia de América y decirnos, con amor, como el poeta: Se precisaron todas esas cosas para que nuestras manos se encontraran”.
Gran anhelo éste de unidad continental, que le propone Ospina a América, y que se ha dilapidado tantas veces por ambiciones e intransigencias políticas que no lo han dejado prosperar.
Se ha iniciado la conmemoración de los doscientos años de la independencia de la Nación, por lo menos en lo que se refiere al simbólico acto ocurrido el 20 de julio de 1810, aunque algunos preferirían que esta celebración se diera tomando como referencia el año 1819, cuando militarmente se puso fin a la presencia colonizadora española.
Al cabo de estos 200 años de historia, las naciones bolivarianas hemos sido sorprendidas atravesando procesos de desmembramientos, dispersión, egoísmos y enfrentamientos, los mismos por los cuales no fue posible la consolidación de una gran nación, como lo soñara El Libertador. No se ha podido encausar la democracia por las vías incluyentes y de equidad, ni resolver los problemas de una sociedad, siempre al borde de los umbrales de la pobreza, trasluciendo condiciones de inestabilidad, violencia y obstáculos para el desarrollo.
A un año de este acontecimiento, se ha dado como adelanto la rememoración de la Ruta Libertadora que puso en evidencia el aislamiento de esta región, cuyos habitantes, al parecer, aún transitan por las mismas trochas de entonces. Este festejo representa una posibilidad para que la Nación se mire en perspectiva, sin la conservadora tendencia de volver la mirada hacia el pasado para alimentar grandezas frustradas o sentimientos de nostalgias y lamentos sobre lo que pudo ser y no fue. Los registros de la historia son para que el presente social los revalide y se los apropie para construir su futuro.
Debemos aprovechar esta oportunidad para tomar mejor conciencia de nuestros destinos; para retornar a lo básico, a plantear una acción que nos sitúe en la ruta de una sociedad dispuesta a entender la importancia de la convivencia pacífica, capaz de superar las mezquindades que dividen, que atrofian las instituciones, y obstaculizan la realización de las ideas que animaron la fundación de nuestra nación. Sin olvidar que una de las más promisorias de entonces, fue la de soñar con una expresión continental de unidad para estos países, hoy distorsionada por retóricas populistas, salpicadas por intervenciones indebidas, oscuras relaciones, y quebrantada por ambiciones personalistas que enturbian el mapa de su integración, mientras otras regiones avanzan claramente en la consolidación de su intercambio comercial y el debido respeto político.
Al cabo de estos 200 años de historia, las naciones bolivarianas hemos sido sorprendidas atravesando procesos de desmembramientos, dispersión, egoísmos y enfrentamientos, los mismos por los cuales no fue posible la consolidación de una gran nación, como lo soñara El Libertador. No se ha podido encausar la democracia por las vías incluyentes y de equidad, ni resolver los problemas de una sociedad, siempre al borde de los umbrales de la pobreza, trasluciendo condiciones de inestabilidad, violencia y obstáculos para el desarrollo.
A un año de este acontecimiento, se ha dado como adelanto la rememoración de la Ruta Libertadora que puso en evidencia el aislamiento de esta región, cuyos habitantes, al parecer, aún transitan por las mismas trochas de entonces. Este festejo representa una posibilidad para que la Nación se mire en perspectiva, sin la conservadora tendencia de volver la mirada hacia el pasado para alimentar grandezas frustradas o sentimientos de nostalgias y lamentos sobre lo que pudo ser y no fue. Los registros de la historia son para que el presente social los revalide y se los apropie para construir su futuro.
Debemos aprovechar esta oportunidad para tomar mejor conciencia de nuestros destinos; para retornar a lo básico, a plantear una acción que nos sitúe en la ruta de una sociedad dispuesta a entender la importancia de la convivencia pacífica, capaz de superar las mezquindades que dividen, que atrofian las instituciones, y obstaculizan la realización de las ideas que animaron la fundación de nuestra nación. Sin olvidar que una de las más promisorias de entonces, fue la de soñar con una expresión continental de unidad para estos países, hoy distorsionada por retóricas populistas, salpicadas por intervenciones indebidas, oscuras relaciones, y quebrantada por ambiciones personalistas que enturbian el mapa de su integración, mientras otras regiones avanzan claramente en la consolidación de su intercambio comercial y el debido respeto político.
Para el próximo miércoles se ha convocado a reanudar clases en la UIS y el tema de la reelección del Rector sigue en la palestra pública, ocupando medios locales y nacionales, por la sencilla razón de que no se han resuelto las inquietudes que llevaron a cuestionar su proceder, con motivo de las conversaciones que sostuvo con un supuesto delincuente.
Ha faltado explicación cierta que dé tranquilidad a estudiantes, profesores y a la sociedad misma, dada esa extraña situación, por decir lo menos, en la que desafortunadamente se ha visto comprometida la figura del Rector y, con ella, la prestancia de la Universidad; precisamente, la Institución que por su misión educadora es la más llamada a salvaguardar claros principios y valores que orientan la vida ciudadana.
No se puede salir del paso con evasivas y desvíos de atención para crear falsos problemas, como ha ocurrido con las interpretaciones estrechas sobre el sentido profundo de la Autonomía Universitaria que hoy se intenta reducir a la defensa de una desacertada decisión del Consejo Superior; ó con las versiones de que los políticos regionales se quieren tomar las universidades públicas, pues en Santander este riesgo no ha sido evidente, y, por lo demás, la intervención del gobernador Serpa, es necesario decirlo, ha estado regida por un absoluto respeto a las estructuras de decisión de la Universidad; ó invocar la excelencia de una gestión, por cierto, controvertible.
Tampoco es atinado menospreciar la crítica y pretender acallar las voces que hoy tratan de expresar inconformidad ante esta coyuntura, cerrando las puertas de la Institución. Acaso, ¿es concebible una universidad sin estudiantes?
Y como no se puede garantizar buen suceso de la vida académica sin la base de una respetada gobernabilidad, es de esperar que el Rector asuma con entereza que la vida de la Universidad está por encima de intereses particulares, y se retire temporalmente del cargo para dar espacio a que la Fiscalía y organismos competentes aclaren la responsabilidad de sus actuaciones y la de quienes resulten implicados, poniendo a salvo el principio de autoridad, hoy viciado por todos estos infortunados sucesos, e impidiendo su capitalización por grupos anarquistas. Un fallo favorable permitirá su regreso con renovada credibilidad.
Ha faltado explicación cierta que dé tranquilidad a estudiantes, profesores y a la sociedad misma, dada esa extraña situación, por decir lo menos, en la que desafortunadamente se ha visto comprometida la figura del Rector y, con ella, la prestancia de la Universidad; precisamente, la Institución que por su misión educadora es la más llamada a salvaguardar claros principios y valores que orientan la vida ciudadana.
No se puede salir del paso con evasivas y desvíos de atención para crear falsos problemas, como ha ocurrido con las interpretaciones estrechas sobre el sentido profundo de la Autonomía Universitaria que hoy se intenta reducir a la defensa de una desacertada decisión del Consejo Superior; ó con las versiones de que los políticos regionales se quieren tomar las universidades públicas, pues en Santander este riesgo no ha sido evidente, y, por lo demás, la intervención del gobernador Serpa, es necesario decirlo, ha estado regida por un absoluto respeto a las estructuras de decisión de la Universidad; ó invocar la excelencia de una gestión, por cierto, controvertible.
Tampoco es atinado menospreciar la crítica y pretender acallar las voces que hoy tratan de expresar inconformidad ante esta coyuntura, cerrando las puertas de la Institución. Acaso, ¿es concebible una universidad sin estudiantes?
Y como no se puede garantizar buen suceso de la vida académica sin la base de una respetada gobernabilidad, es de esperar que el Rector asuma con entereza que la vida de la Universidad está por encima de intereses particulares, y se retire temporalmente del cargo para dar espacio a que la Fiscalía y organismos competentes aclaren la responsabilidad de sus actuaciones y la de quienes resulten implicados, poniendo a salvo el principio de autoridad, hoy viciado por todos estos infortunados sucesos, e impidiendo su capitalización por grupos anarquistas. Un fallo favorable permitirá su regreso con renovada credibilidad.
Constituye motivo de verdadero orgullo registrar el sitial de honor en el que se está colocando nuestro emblemático Cañón del Chicamocha, actualmente es 8 en su categoría, en el certamen internacional convocado por una fundación suiza para escoger las 7 nuevas maravillas del mundo. El cierre de la votación se producirá mañana, 7 de julio, y en él se acogerán 77 bellezas preseleccionadas; el 21 de julio, con la asesoría de la UNESCO, se llegará a 21 finalistas, para que en el 2011 se produzca la definición, luego de la visita que realizarán expertos a cada una de ellas. Quienes aún no han votado, lo pueden hacer en: www.colombia.travel www.santander.gov.co y www.new7wonders.com.
Esta ocasión, en la que ha sido relevante el entusiasmo de los santandereanos, debe constituirse en motivo de reflexión acerca del real sentido de nuestros bienes y valores, la importancia de preservar nuestras riquezas naturales y el desarrollo de su potencial turístico, pues además de los beneficios sociales que trae, es expresión cultural de apertura y medio privilegiado de comunicación que permite mostrar “nuestro mejor nosotros”. Los valores culturales se reafirman cuando los otros los reconocen e identifican.
Y a propósito de votaciones, resultó muy justa la escogencia que hicieran los santandereanos para que nuestra gloria musical, el maestro Alfonso Guerrero García, reciba homenaje nacional, el próximo 20 de julio, en la segunda versión del Gran Concierto que organiza el Ministerio de Cultura.
Su presencia artística ha marcado un hito en nuestra tradición musical desde los tiempos de la Rondalla Bumanguesa, y luego con la animación de sus diferentes agrupaciones y orquestas en todos los eventos y convocatorias regionales de importancia. Virtuoso en la ejecución de por los menos 7 instrumentos musicales, es pertinente resaltar su obra de difusión cultural desde la dirección de la lamentablemente desaparecida Banda del Departamento, durante 20 años. Recuerdo su profesionalismo y consagración cuando a raíz del concurso para escoger el Himno de Santander en el año 1988, y a pesar de no ser ganadora su composición, se dedicó con entusiasmo sin igual al montaje de su primera versión oficial, a partir de la cual el himno fue calando en el corazón de los santandereanos hasta representar hoy magnífica identificación.
Esta ocasión, en la que ha sido relevante el entusiasmo de los santandereanos, debe constituirse en motivo de reflexión acerca del real sentido de nuestros bienes y valores, la importancia de preservar nuestras riquezas naturales y el desarrollo de su potencial turístico, pues además de los beneficios sociales que trae, es expresión cultural de apertura y medio privilegiado de comunicación que permite mostrar “nuestro mejor nosotros”. Los valores culturales se reafirman cuando los otros los reconocen e identifican.
Y a propósito de votaciones, resultó muy justa la escogencia que hicieran los santandereanos para que nuestra gloria musical, el maestro Alfonso Guerrero García, reciba homenaje nacional, el próximo 20 de julio, en la segunda versión del Gran Concierto que organiza el Ministerio de Cultura.
Su presencia artística ha marcado un hito en nuestra tradición musical desde los tiempos de la Rondalla Bumanguesa, y luego con la animación de sus diferentes agrupaciones y orquestas en todos los eventos y convocatorias regionales de importancia. Virtuoso en la ejecución de por los menos 7 instrumentos musicales, es pertinente resaltar su obra de difusión cultural desde la dirección de la lamentablemente desaparecida Banda del Departamento, durante 20 años. Recuerdo su profesionalismo y consagración cuando a raíz del concurso para escoger el Himno de Santander en el año 1988, y a pesar de no ser ganadora su composición, se dedicó con entusiasmo sin igual al montaje de su primera versión oficial, a partir de la cual el himno fue calando en el corazón de los santandereanos hasta representar hoy magnífica identificación.
Presentó la Revista Semana los resultados de una encuesta realizada en las principales ciudades del país, referente al nivel de la confianza de los colombianos sobre diversos aspectos e instituciones de la vida nacional, y su comparación con ejercicios similares a nivel mundial. Sólo el 40% de los encuestados confía en el Gobierno Nacional, que es la institución de mayor credibilidad, mientras que gobernaciones, alcaldías, entidades financieras y Justicia, merecen niveles inferiores hasta llegar a un 15% la confianza respecto a los propios funcionarios del Gobierno. A la pregunta de si se cree que la gente que conduce el país hace las cosas bien, un 70% de la opinión fue negativa, con un nivel de rechazo solamente superado por Panamá, Honduras y Perú en Latinoamérica. Con relación a cómo vemos el futuro social y económico, sólo el 11% tiene confianza en el país, presentando un resultado muy inferior respecto a otras latitudes como Asia con un 43%, Norteamérica 48% y Latinoamérica 23% en promedio.
Señala la encuesta que los colombianos sólo mantienen un fuerte anclaje de confianza en el orden familiar y muchas prevenciones para la creación de vínculos de asociación. Se refleja así el espíritu desconfiado que se cuida de los demás, tal vez como consecuencia de la infiltración en la sociedad colombiana de un perverso mundo solapado que actúa entre bambalinas y en componendas oscuras.
La confianza en las instituciones se da por la tranquila desprevención que se genera progresivamente, al comprobarse la transparencia de palabras y acciones de sus representantes, que nada encubren. Sólo así se construyen los vínculos sociales que permiten abrirse acogedoramente hacia los demás, para dar curso a un ambiente propicio al progreso y desarrollo nacional. El restablecimiento de la confianza social pasa por el propio de la Justicia, que hoy sólo merece un reconocimiento del 28%, y que debe dar señales claras de su administración pronta y cumplida, con eficiente castigo a los que se aparten del buen ejercicio ciudadano. Debe entenderse que la creación de confianza se fortalece en la sociedad, mediante adecuado trabajo educativo que restablezca los valores y, en este aspecto es saludable, en principio, que un 80% de los colombianos creen en sus profesores.
Señala la encuesta que los colombianos sólo mantienen un fuerte anclaje de confianza en el orden familiar y muchas prevenciones para la creación de vínculos de asociación. Se refleja así el espíritu desconfiado que se cuida de los demás, tal vez como consecuencia de la infiltración en la sociedad colombiana de un perverso mundo solapado que actúa entre bambalinas y en componendas oscuras.
La confianza en las instituciones se da por la tranquila desprevención que se genera progresivamente, al comprobarse la transparencia de palabras y acciones de sus representantes, que nada encubren. Sólo así se construyen los vínculos sociales que permiten abrirse acogedoramente hacia los demás, para dar curso a un ambiente propicio al progreso y desarrollo nacional. El restablecimiento de la confianza social pasa por el propio de la Justicia, que hoy sólo merece un reconocimiento del 28%, y que debe dar señales claras de su administración pronta y cumplida, con eficiente castigo a los que se aparten del buen ejercicio ciudadano. Debe entenderse que la creación de confianza se fortalece en la sociedad, mediante adecuado trabajo educativo que restablezca los valores y, en este aspecto es saludable, en principio, que un 80% de los colombianos creen en sus profesores.
Muy acorde con la actualidad nacional resultó el foro sobre este tema, organizado por la Universidad Nacional de Colombia, con la dirección del eminente profesor de la Universidad de New York Stephen Holmes, caracterizado defensor del llamado “liberalismo constitucional” que se fundamenta en la idea de que un gobierno que se ajuste a normas preestablecidas puede ser más poderoso que uno que no respete límites, y durante el cual fue calificado como altamente riesgoso para el país el clima de creciente polarización que lo invade, de cara a la definición del próximo periodo presidencial.
Los expertos en comportamiento masivo coinciden en señalar que no hay nada más aglutinador de una sociedad que un sentimiento colectivo, trabajado mediante una profusa acción de medios, hasta lograr la adhesión pasional a una causa. Convocatorias a definiciones trascendentales hechas bajo este estímulo, representan alta posibilidad de que la gente exprese el efecto de la motivación, antes que una decisión razonada. A estas manifestaciones ha sido históricamente permeable nuestra sociedad, y el comportamiento emocional que nos caracteriza ha sido alimento de muchas jornadas democráticas pero también de guerras civiles y de las violencias que han entorpecido el progreso y el bienestar de los colombianos.
La estimulación pasional conduce al afloramiento de sectarismos, a la pérdida de la capacidad crítica de una sociedad, y, sobre todo, a condescender con los postulados de que el fin justifica cualquier medio para conseguirlo. Se desatiende así uno de los principios de la democracia cual es el de la autorregulación, es decir, la capacidad de establecer límites estables y respetados que permitan el entendimiento y la coherencia en la vida social y política. A este principio apunta Holmes, cuando hace referencia a que la Constitución de una nación no debe ser entendida como una frontera corrediza y quebrantable, según particulares conveniencias, ni tampoco como un rígido sistema normativo diseñado para limitar la expresión popular, sino que precisamente debe asumirse como el medio eficaz para asegurar que la democracia perdure, pues es su condición de salvaguarda, estabilidad y optimización.
Sembrar pasiones no le conviene a la vida política de una sociedad que quiera perseverar en la construcción de una democracia viva e incluyente.
Los expertos en comportamiento masivo coinciden en señalar que no hay nada más aglutinador de una sociedad que un sentimiento colectivo, trabajado mediante una profusa acción de medios, hasta lograr la adhesión pasional a una causa. Convocatorias a definiciones trascendentales hechas bajo este estímulo, representan alta posibilidad de que la gente exprese el efecto de la motivación, antes que una decisión razonada. A estas manifestaciones ha sido históricamente permeable nuestra sociedad, y el comportamiento emocional que nos caracteriza ha sido alimento de muchas jornadas democráticas pero también de guerras civiles y de las violencias que han entorpecido el progreso y el bienestar de los colombianos.
La estimulación pasional conduce al afloramiento de sectarismos, a la pérdida de la capacidad crítica de una sociedad, y, sobre todo, a condescender con los postulados de que el fin justifica cualquier medio para conseguirlo. Se desatiende así uno de los principios de la democracia cual es el de la autorregulación, es decir, la capacidad de establecer límites estables y respetados que permitan el entendimiento y la coherencia en la vida social y política. A este principio apunta Holmes, cuando hace referencia a que la Constitución de una nación no debe ser entendida como una frontera corrediza y quebrantable, según particulares conveniencias, ni tampoco como un rígido sistema normativo diseñado para limitar la expresión popular, sino que precisamente debe asumirse como el medio eficaz para asegurar que la democracia perdure, pues es su condición de salvaguarda, estabilidad y optimización.
Sembrar pasiones no le conviene a la vida política de una sociedad que quiera perseverar en la construcción de una democracia viva e incluyente.
A partir de reciente encuentro celebrado en Cartagena se dio vía libre a la iniciativa de reproducir en el país la idea del Banco de los pobres, original de Muhammad Yunus en Bangladesh, y que surgió como respuesta al dolor generado por la hambruna que padeció esa nación en 1974 cuando las personas hambrientas, provenientes del norte, llegaban a su capital Dacca, y simplemente se tendían en las entradas de las casas sin hacer ruido, y allí esperaban a que les llegara la muerte.
Por su propia iniciativa, con un aporte de 27 dólares, rescató a 42 víctimas de los prestamistas, y poco a poco fue dándole la configuración al Banco Grameen (Banco rural o de los pueblos), hasta llegar a beneficiar en 2006 a casi 7 millones de personas pobres, de las cuales el 97% eran mujeres de 73.000 localidades de Bangladesh, como quiera que los préstamos a mujeres, según su experiencia, siempre han redundado en mejores beneficios para las familias; ha acumulado créditos por 6.000 millones de dólares, con una impecable tasa de reembolso del 99% y un importe típico de 12 dólares por persona.
Reconfortante experiencia ésta que fue avalada con el otorgamiento del Premio Nobel de Paz en el año 2006, y que su autor interpretó como la constitución de una inextricable conexión entre paz y pobreza, ya que ésta es una amenaza para la paz. Hoy, el 58% de los prestatarios del banco han superado el umbral de miseria, y anota Yunus que “la hostilidad y la ira que generan la pobreza más absoluta no pueden ser sostén de la paz en ninguna sociedad”.
Es en este sentido que orientar la idea del Banco Grameen hacia la creación de oportunidades emprendedoras para los pobres de nuestro país merece la bienvenida en esta sociedad fatigada por la guerra y las violencias. Ojalá podamos asimilar esa fe inquebrantable en la creatividad del ser humano que inspira esta iniciativa, y que ha llevado a sus autores al convencimiento de que las personas no nacen para sufrir la miseria del hambre y la pobreza, sino que es la sociedad la que nunca les ha dado la base sobre la cual crecer.
Por su propia iniciativa, con un aporte de 27 dólares, rescató a 42 víctimas de los prestamistas, y poco a poco fue dándole la configuración al Banco Grameen (Banco rural o de los pueblos), hasta llegar a beneficiar en 2006 a casi 7 millones de personas pobres, de las cuales el 97% eran mujeres de 73.000 localidades de Bangladesh, como quiera que los préstamos a mujeres, según su experiencia, siempre han redundado en mejores beneficios para las familias; ha acumulado créditos por 6.000 millones de dólares, con una impecable tasa de reembolso del 99% y un importe típico de 12 dólares por persona.
Reconfortante experiencia ésta que fue avalada con el otorgamiento del Premio Nobel de Paz en el año 2006, y que su autor interpretó como la constitución de una inextricable conexión entre paz y pobreza, ya que ésta es una amenaza para la paz. Hoy, el 58% de los prestatarios del banco han superado el umbral de miseria, y anota Yunus que “la hostilidad y la ira que generan la pobreza más absoluta no pueden ser sostén de la paz en ninguna sociedad”.
Es en este sentido que orientar la idea del Banco Grameen hacia la creación de oportunidades emprendedoras para los pobres de nuestro país merece la bienvenida en esta sociedad fatigada por la guerra y las violencias. Ojalá podamos asimilar esa fe inquebrantable en la creatividad del ser humano que inspira esta iniciativa, y que ha llevado a sus autores al convencimiento de que las personas no nacen para sufrir la miseria del hambre y la pobreza, sino que es la sociedad la que nunca les ha dado la base sobre la cual crecer.
Sociedades reguladas por una justicia ecuánime, no aceptan condenas a inocentes ó que se deje el campo abierto a la impunidad. Este es un principio inequívoco y toda la ciudadanía tiene derecho a estar vigilante para que eso no ocurra. Entre tantas imprecisiones y tropiezos, se abre ahora una esperanza de confianza en la justicia, con la reapertura del caso Luís Carlos Galán que, al parecer, con nuevos indicios y sobre todo, teniendo en cuenta declaraciones ignoradas ó tenidas en cuenta en forma parcial, podría ahora sí enrumbarse hacia la clarificación de este crimen cometido hace 20 años.
Es evidente que los valores ciudadanos están sustentados, en buena medida, en la acción proba de la justicia, y es éste un asunto que le compete a los funcionarios del Estado que han intervenido en este proceso, pues si cada uno hubiera actuado de cara a lo público, con transparencia y acatamiento de la ley, no habrían tenido lugar esos comportamientos encubridores o las aviesas tácticas para desviar la atención de la justicia hacia la inculpación a cinco personas, entre ellas el fallecido Hubis Hazbún, a quienes después de 42 meses de encarcelamiento se les notificó que nada tenían que ver con el caso. Típica apelación al recurso que Girard expone en su libro “El chivo expiatorio”, de buscar en una víctima inocente la absolución del crimen.
Cuánto daño se le ha ocasionado a la sociedad colombiana con ese malévolo subterfugio de inculpar a la víctima propicia ó de escudarse tras el parapeto de sospechas hábilmente creadas, para evadir las responsabilidades propias, culpando a los demás. Así ha hecho carrera esa especie de astucia nacional del avivato, que recurre perversa e inescrupulosamente a cualquier artimaña para pretender escapar airoso de situaciones comprometedoras, cuando no llega hasta el cinismo de convertirse en depositario de la condolencia social.
Estas son las formas de la vida fácil que no pueden prosperar más en nuestra sociedad. Empezar por aclarar el asesinato de Galán, tan sentido en el corazón de los colombianos, es oportunidad favorable para que nuestra justicia se valide como institución que contribuye efectivamente a la salvaguarda de la democracia que se funda en el respeto a la Ley.
Es evidente que los valores ciudadanos están sustentados, en buena medida, en la acción proba de la justicia, y es éste un asunto que le compete a los funcionarios del Estado que han intervenido en este proceso, pues si cada uno hubiera actuado de cara a lo público, con transparencia y acatamiento de la ley, no habrían tenido lugar esos comportamientos encubridores o las aviesas tácticas para desviar la atención de la justicia hacia la inculpación a cinco personas, entre ellas el fallecido Hubis Hazbún, a quienes después de 42 meses de encarcelamiento se les notificó que nada tenían que ver con el caso. Típica apelación al recurso que Girard expone en su libro “El chivo expiatorio”, de buscar en una víctima inocente la absolución del crimen.
Cuánto daño se le ha ocasionado a la sociedad colombiana con ese malévolo subterfugio de inculpar a la víctima propicia ó de escudarse tras el parapeto de sospechas hábilmente creadas, para evadir las responsabilidades propias, culpando a los demás. Así ha hecho carrera esa especie de astucia nacional del avivato, que recurre perversa e inescrupulosamente a cualquier artimaña para pretender escapar airoso de situaciones comprometedoras, cuando no llega hasta el cinismo de convertirse en depositario de la condolencia social.
Estas son las formas de la vida fácil que no pueden prosperar más en nuestra sociedad. Empezar por aclarar el asesinato de Galán, tan sentido en el corazón de los colombianos, es oportunidad favorable para que nuestra justicia se valide como institución que contribuye efectivamente a la salvaguarda de la democracia que se funda en el respeto a la Ley.
El registro del acontecer que se publica en los distintos medios de comunicación, las charlas de café y hasta las reuniones familiares, se han convertido en indicativo de una preocupante polarización política que cada día cobra más resonancia en la vida colombiana. Se trata de la fragmentación de la sociedad en posiciones cada vez más sectarias, en la forma de una maniquea discriminación investida de subliminales apropiaciones religiosas, según la cual quien muestra un desacuerdo con nuestro pensamiento ya está del lado del mal, descalificando cualquier sentido de la crítica y de la condición democrática del pluralismo. El resultado de esta conducta es la emergencia de una cultura de la sospecha que divide y enfrenta irreconciliablemente en una especie de enemistad nacional.
Por otro lado, también la adhesión incondicional al Gobierno está abriendo sorprendentes espacios de tolerancia y permisividad con situaciones que a toda luz son reprochables. Este comportamiento, que se generalizó como reacción explicable frente a las violencias guerrilleras y paramilitares, ha generado métodos perversos, actitudes, vicios y nuevas barbaries como los llamados falsos positivos, y ha permitido que a su sombra florezcan relaciones inaceptables y formas de corrupción ó de riqueza rápida que pasan camufladas en una corriente que arrolla y no se detiene ante principio alguno, porque en una sociedad apasionada estas acciones cobran credencial de astucia y buen recibo.
Este mal espíritu social que se está gestando no es caldo de cultivo apropiado para lograr la paz que se anhela en nuestro país, y pareciera que antes que acercarnos cada día nos alejamos más, si evaluamos lo vivido en el proceso recorrido por Suráfrica. El expresidente De Klerk afirma que la búsqueda de la paz es más una obligación de carácter moral que política, y por tanto debe estar fundamentada en principios muy sólidos e inamovibles pero, además, requiere una disposición de ánimo que permita abrir puertas hacia el entendimiento y a la generación de confianza sin los cuales difícilmente se logran acuerdos satisfactorios. Conviene tener en cuenta su apreciación, según la cual luego de un conflicto armado, aún en el caso de una victoria militar, es indispensable un proceso de reconciliación si se aspira a llegar a una paz duradera.
Por otro lado, también la adhesión incondicional al Gobierno está abriendo sorprendentes espacios de tolerancia y permisividad con situaciones que a toda luz son reprochables. Este comportamiento, que se generalizó como reacción explicable frente a las violencias guerrilleras y paramilitares, ha generado métodos perversos, actitudes, vicios y nuevas barbaries como los llamados falsos positivos, y ha permitido que a su sombra florezcan relaciones inaceptables y formas de corrupción ó de riqueza rápida que pasan camufladas en una corriente que arrolla y no se detiene ante principio alguno, porque en una sociedad apasionada estas acciones cobran credencial de astucia y buen recibo.
Este mal espíritu social que se está gestando no es caldo de cultivo apropiado para lograr la paz que se anhela en nuestro país, y pareciera que antes que acercarnos cada día nos alejamos más, si evaluamos lo vivido en el proceso recorrido por Suráfrica. El expresidente De Klerk afirma que la búsqueda de la paz es más una obligación de carácter moral que política, y por tanto debe estar fundamentada en principios muy sólidos e inamovibles pero, además, requiere una disposición de ánimo que permita abrir puertas hacia el entendimiento y a la generación de confianza sin los cuales difícilmente se logran acuerdos satisfactorios. Conviene tener en cuenta su apreciación, según la cual luego de un conflicto armado, aún en el caso de una victoria militar, es indispensable un proceso de reconciliación si se aspira a llegar a una paz duradera.
Una lección de comportamiento político para los colombianos significó la brillante conferencia del expresidente Frederik Willem De Klerk, en el marco del Foro de Liderazgo de El Espectador, en la cual nos ilustró sobre el proceso que condujo a Suráfrica a la paz, luego de que hace 25 años se evaluara este conflicto como imposible de dirimir ante la creciente ira negra, el aislamiento internacional, la dispersión de su población en 23 partidos políticos y 11 idiomas oficiales.
De Klerk relató que en 1986 su partido llegó a la certeza de que el país iba camino a su destrucción y, convencidos de que la paz justifica todos los riesgos y sacrificios, decidieron con total convicción que era preciso trabajar en esta dirección -aún a costa de la propia disolución de su partido, como en efecto ocurrió- con el propósito de demostrar generosidad y transparencia, actitudes que presidieron este empeño nacional. Una negociación que abrió las puertas a la inclusión, mediante el respeto, acuerdos claros y lealtad con el adversario.
Estos postulados se tradujeron progresivamente en los factores de entendimiento entre las partes, hasta llegar en 1990 al anuncio del fin del Apartheid y a la promulgación de una nueva Constitución donde pudieron incorporar los temores de unos y otros, y también sus aspiraciones, para finalmente pactar una amnistía, conocer la verdad y avanzar en una reconciliación que se presenta duradera, pero que exige permanente actitud de desprendimiento. Hoy Suráfrica se destaca como una nación ampliamente reconocida; su capital es la que alberga una mayor representación diplomática, después de Washington, y presenta envidiables índices sostenidos de crecimiento y erradicación de la pobreza.
A nivel local, contrasta la experiencia surafricana con lo sucedido en el reciente proceso para designar rector de la UIS, donde las consideraciones francamente personalistas se impusieron a los altos intereses institucionales, y la convocatoria no dio tiempo para concentrarse en la mejor proyección de la Universidad, pues la atención se distrajo en un ambiente enturbiado por los agravios. No hubo espacio para ponderar con serenidad la situación y, con la reelección, todo se precipitó en una salida que deja a la comunidad universitaria fragmentada y sumida en la incertidumbre. Faltó respeto, transparencia y generosidad.
De Klerk relató que en 1986 su partido llegó a la certeza de que el país iba camino a su destrucción y, convencidos de que la paz justifica todos los riesgos y sacrificios, decidieron con total convicción que era preciso trabajar en esta dirección -aún a costa de la propia disolución de su partido, como en efecto ocurrió- con el propósito de demostrar generosidad y transparencia, actitudes que presidieron este empeño nacional. Una negociación que abrió las puertas a la inclusión, mediante el respeto, acuerdos claros y lealtad con el adversario.
Estos postulados se tradujeron progresivamente en los factores de entendimiento entre las partes, hasta llegar en 1990 al anuncio del fin del Apartheid y a la promulgación de una nueva Constitución donde pudieron incorporar los temores de unos y otros, y también sus aspiraciones, para finalmente pactar una amnistía, conocer la verdad y avanzar en una reconciliación que se presenta duradera, pero que exige permanente actitud de desprendimiento. Hoy Suráfrica se destaca como una nación ampliamente reconocida; su capital es la que alberga una mayor representación diplomática, después de Washington, y presenta envidiables índices sostenidos de crecimiento y erradicación de la pobreza.
A nivel local, contrasta la experiencia surafricana con lo sucedido en el reciente proceso para designar rector de la UIS, donde las consideraciones francamente personalistas se impusieron a los altos intereses institucionales, y la convocatoria no dio tiempo para concentrarse en la mejor proyección de la Universidad, pues la atención se distrajo en un ambiente enturbiado por los agravios. No hubo espacio para ponderar con serenidad la situación y, con la reelección, todo se precipitó en una salida que deja a la comunidad universitaria fragmentada y sumida en la incertidumbre. Faltó respeto, transparencia y generosidad.